Jorge Teillier

NOTAS SOBRE EL ÚLTIMO VIAJE DEL AUTOR A SU PUEBLO NATAL

A Stefan Baciu en Hawaii,
y a Vasile Igna, mi primo desconocido,
en Cluj, Transilvania

1.
En el pueblo
donde algunos me conocen
como el poeta cuyo nombre suele aparecer en los diarios,
paseo por la Calle Comercio
que ahora se llama Avenida Bernardo 0'Higgins
(Como en Santiago).
He comulgado con la tierra.
Voy a la Sidrería
Allí están los parroquianos de siempre
y me saludan mis viejos compañeros de curso
que sueñan con ser alcaldes o regidores o comprarse una citroneta.
Ha cerrado el cine.
Aún quedan affiches que anuncian películas de sepia.
A lo largo de los cercos
las ortigas siguen hablando con su indestructible lenguaje.
En el techo de mi casa se reúne el congreso de los gorriones.
Pienso por primera vez
que no pertenezco a ninguna parte,
que ninguna parte me pertenece.

2.
El viento trae olor a terneros mojados

3.
Kilómetro 662 a las cuatro de la tarde.
En la calle Comercio los turcos y los españoles bostezan tras los mostradores.
No hay un alma en la calle a la hora de la siesta
horadada sólo por el cuerno primitivo del vendedor de helados.
En las afueras los campesinos esperan las micros rurales.
Tal vez me vaya a otro pueblo
cuyo destino voy a leer en la palma de sus calles.

4.
Hay praderas manchadas de vacas y girasoles.
De las cosas que puedan consolarme cuando vuelva a la ciudad enferma de
smog.
Viajaré en vagones de segunda atestados como los
de las novelas sobre la Revolución Rusa.
He visto las ventanas ciegas del Molino.
Con su arruinado dueño he tomado un trago en cualquier cantina
Paso la tarde sin darme el trabajo de llegar
ni siquiera al fondo del patio de la casa paterna.

5.
El único hojalatero que quedaba en el pueblo
fue a buscar trabajo a Lonquimay.
No ganó mucha plata pero contempló la Cordillera.
El no tiene Leica ni Kodak
así que se dedicó a dibujarla
para que sus nueve hijos la conocieran de verdad .

6.
A los mapuches les gustan las canciones mexicanas del Wurlitzer de la única Fuente de
Soda.
Las escuchan sentados en la cuneta de la Calle Principal.
Van a la vendimia en Argentina y vuelven con terno azul y transistores.
Ha llegado la TV.
Los niños ya no juegan en las calles.
Sin hacer ruido se sientan en el living para ver a
Batman o películas del Far West.
Mis amigos están horas y horas frente a la pantalla.
Tengo ganas de que lleguen los Ovnis.

7.
Me cuesta creer en la magia de los versos.
Leo novelas policiales,
revistas deportivas, cuentos de terror.
Sólo soy un empleado público como consta en mi carnet de identidad.
Sólo tengo deudas y despertares de resaca donde hace daño hasta el ruido del lka
seltzer al caer al vaso de agua.
En la casa de la ciudad no he pagado la luz ni el agua.
Sigo refugiado en los mesones,
mirando los letreros que dicen "No se fía".
Mi futuro es una cuenta por pagar.

8.
Si el futuro pudiera extenderse pulcramente
como mi madre extiende las sábanas de mi cama.
Miro la ropa puesta a secar en el patio.
Han entrado ladrones de gallinas a la casa del frente.
Voy a la plaza a leer el diario con noticias más añejas que las de San Pablo.

9.
Solitario donde nunca he estado solitario
camino hasta el abandonado velódromo de tierra
donde no aparece ni el fantasma del Campeonato de Ciclismo de Chile del año 30.
Hay caballos pastando en lo que fue cancha de fútbol.
Todos se interesan sólo por ir a ver los partidos profesionales a la Capital de Provincia
mientras yo pienso mordisquear una brizna de brezo.

10.
Trasnochador empedernido
contemplo la luna igual a la de 1945
enrojecida por la erupción del Llaima.
La misma que miraba desde la buhardilla
mientras leía como ahora "Los miserables" y el Almanaque Hachette.

11.
Acuérdate que te recuerdo.
Si no te acuerdas no importa mucho.
Siempre te veré caminando sobre los rieles
o buscando el durazno más maduro de la quinta.

12.
Ya pasó el Rápido a Puerto Montt
que antes se llamaba el Flecha del Sur.
Voy de la estación al puente
cuyos faroles dicen "Fundición Dickinson, 1918".
Ya no existe esa fundición
ni ninguna fundición.
Confío mi memoria al río Cautín y a la Capilla de Guacolda.
Afirmado en las barandas del puente
miro el cielo del verano que apenas sujetan los
clavos de plata de las estrellas.

13.
Hemos llegado a esta aldea en un Pontiac 40
por caminos que jamás serán pavimentados.
Espantamos cerdos y gallinas.
Los niños se asoman asombrados.
En el negocio clandestino
pedimos un pipeño y hablamos con el dueño
y con un tractorista que nos asegura que Hitler está vivo
y con dos recién llegados que nos convidan charqui de pescado:
son un estibador de Talcahuano y su compadre mapuche que lo trae al anca.
Todos bebimos en la misma medida
y volvimos como nuestros antepasados
ebrios al pueblo que un día nos rechazará.

14.
Día domingo de salida de misa.
Las niñas se pasean con la moda recién llegada de Santiago
acompañadas por la banda del Regimiento que toca cumbias.
Los dueños de casa compran las primeras sandías
y los diarios con las noticias frescas de los últimos crímenes.
Camino por las últimas calles de este lugar de bomberos, rotarios, carabineros, jubilados,
tinterillos y profesores primarios,
allí los puñales del sol entran por las costillas de los pobres cercos de madera.
Siento los estertores de las postreras carretas y locomotoras a vapor.
Busco la paz tendiéndome en la pradera condecorada por los girasoles
contemplando el glorioso oleaje del trigo
y los viajes infinitos de las nubes que van a llorar por nosotros.

NOTIZEN  ZUR LETZTEN REISE DES AUTORS IN SEINE HEIMATSTADT

Für Stefan Baciu auf Hawaii,
y Vasile Igna, meinen unbekannten Cousin,
in Cluj, Transylvanien

1.
In der kleinen Stadt,
in der mich einige kennen
als den Dichter, dessen Name gelegentlich in den Zeitungen steht,
spaziere ich durch die Calle Comercio,
die jetzt Avenida Bernardo O´Higgins heißt
(wie in Santiago).
Ich habe mich mit der Erde verbunden.
Ich gehe in die Apfelweinschenke.
Es sind dieselben Gäste dort seit jeher
und ich werde begrüßt von alten Schulkameraden,
die davon träumen, Bürgermeister oder Stadtverordnete zu werden oder
sich eine Citroen Ente zu kaufen.
Das Kino hat für immer geschlossen.
Es hängen noch Plakate, die sepiafarbene Filme ankündigen .
Entlang der Zäune sprechen die Brennnessel immerfort ihre unzerstörbare prache.
Auf dem Dach meines Hauses tagt das Parlament der Spatzen.
Zum ersten Mal denke ich,
daß ich zu keinem Ort gehöre,
daß mir kein Ort gehört.

2.
Der Wind bringt den Duft von durchnässten Kälbern.

3.
Kilometer 662, um vier Uhr nachmittags.
In der Calle Comercio gähnen die Araber und die Spanier hinter den Ladentischen.
Es ist keine Menschenseele auf der Strasse zu dieser Siesta-Zeit,
die nur vom primitiven Horn des Eisverkäufers durchbohrt wird
Stadtauswärts warten die Bauern auf Hinterlandbusse.
Vielleicht ziehe ich in ein anderes Dorf,
dessen Schicksal ich auf der Handfläche seiner Strassen lesen werde.

4.
Es gibt Wiesen, befleckt mit Kühen und Sonnenblumen.
Mit den Dingen, die mich trösten könnten, wenn ich in die smogkranke Stadt zurückkehre.
Fahren werde ich in Zugwagons der untersten Klasse, die überfüllt sind,
so wie in den Romanen der Oktoberrevolution.
Ich sah die blinden Fensterscheiben der Mühle.
und trank mit ihrem ruinierten Eigentümer einen Schluck in irgendeiner Kaschemme.
Ich lasse den Nachmittag verstreichen und gebe mir nicht einmal die Mühe,
bis ans Ende des Hofes meines Elternhauses zu gehen.

5.
Der letzte Blechschmied, der im Ort übrig geblieben war,
ist zur Arbeitssuche nach Lonquimay gegangen.
Er hat zwar nicht viel Geld verdient, aber die Cordillera gesehen.
Er besitzt weder eine Leica noch eine Kodak,
deshalb hat er die ganze Zeit die Berge gezeichnet,
damit seine neun Kinder sie wirklich kennenlernen.

6.
Die Mapuches mögen die mexikanischen Lieder
aus dem „Wurlitzer“ der einzigen Imbißstube.
Die hören sie, auf dem Rinnstein der Hauptstraße sitzend.
Sie gehen zur Weinernte nach Argentinien und kehren heim
mit blauem Anzug und Transistor-Radio.
TV ist da.
Die Kinder spielen nicht mehr auf der Strasse.
Lautlos sitzen sie im „Living-Room“, um
Batman- oder Westernfilme anzuschauen.
Meine Freunde verbringen Stunden um Stunden vor dem Bildschirm.
Ich wünschte mir, daß die UFOs kämen.

7.
Es fällt mir schwer, an die Magie der Verse zu glauben.
Ich lese Kriminalromane,
Sportzeitschriften, Horrorerzählungen.
Ich bin nur ein staatlicher Angestellter, so wie es in meinem Personalausweis steht.
Ich besitze nur Schulden und dieses abermalige verkaterte Aufwachen,
bei dem selbst das Geräusch der ins Wasserglas fallenden Alka- Seltzer-Tablette schmerzt.
Für meine Stadtwohnung habe ich weder Wasser noch Strom bezahlt.
Ich finde weiterhin Zuflucht an den Kneipentheken,
und blicke dabei auf Schilder, auf denen
„Hier wird nicht angeschrieben“ steht.
Meine Zukunft ist eine unbezahlte Rechnung.

8.
Ach, könnte man nur die Zukunft säuberlich ausbreiten,
so wie meine Mutter es mit den Laken meines Bettes tut.
Ich schaue die im Hof zum Trocknen aufhängte Wäsche an.
Hühnerdiebe sind ins Haus gegenüber eingebrochen.
Ich gehe in die Plaza, um eine Zeitung zu lesen mit Nachrichten
älter als die von Paulus.

9.
Einsam wo ich niemals einsam war,
gehe ich zum verlassenen Schotter-Velodrom,
in dem nicht einmal das Gespenst der Chilenischen
Radrennmeisterschaften von 1930 erscheint.
Pferde weiden auf dem, was früher der Fußballplatz war.
Alle interessieren sich nur dafür, zu den Profispielen
in der Provinzhaupstadt zu fahren,
während ich mich mit dem Gedanken trage,
an einem Stückchen Heidekraut herumzuknabbern.

10.
Unverbesserlicher Nachtschwärmer
betrachte ich denselben Mond wie 1945,
rot geworden durch den Ausbruch des Llaima.
Derselbe, den ich vom Speicher aus anschaute,
und dabei „Les Miserables“ und den Almanach Hachette las.

11.
Denke daran,
dass ich an dich denke.
Wenn du nicht daran denkst, ist es nicht sehr wichtig.
Ich werde dich immer sehen, wie du auf den Eisenbahnschienen gehst,
oder den reifsten Pfirsich des Obstgartens suchst.

12.
Vorbeigefahren ist schon der Schnellzug nach
Puerto Montt,
der einst „Pfeil des Südens“ hieß.
Vom Bahnhof gehe ich zur Brücke,
auf deren Laternen „Gießerei Dickinson, 1918“ steht.
Diese Gießerei existiert nicht mehr.
Es existiert gar keine Gießerei mehr.
Ich vertraue meine Erinnerung dem Cautín1) und der Guacolda –Andachtskapelle2) an.
Ans Brückengeländer gelehnt
schaue ich den Sommerhimmel an, den
die Silbernägel der Sterne kaum festhalten.

13.
Wir kamen mit einem 1940er Pontiac in dieses Dorf gefahren,
auf Strassen die niemals asphaltiert werden.
Wir haben Schweine und Hühner aufgescheucht.
Die Kinder schauen verwundert hinaus.
Im illegalen Auschank
bestellen wir unfiltrierten Landwein und reden mit dem Inhaber
und mit einem Traktorfahrer, der uns versichert, daß Hitler
lebt
und auch mit zwei Neuankömmlingen,
die uns Dörrfisch anbieten:
Einem Hafenarbeiter aus Talcahuano, der hinten auf dem Pferd seines Mapuche-Gevatters sitzt.
Wir haben allesamt die gleiche Menge getrunken
und sind, wie einst unsere Vorfahren,
betrunken in das Dorf zurückgekehrt, das uns eines Tages verstoßen wird.

14.
Sonntag nach der Messe.
Die Mädchen spazieren mit soeben eingetroffener Mode aus Santiago,
begleitet von der Musikkapelle der Kaserne, die Cumbia-Stücke spielt.
Die Hausherren kaufen die ersten Wassermelonen
und Zeitungen mit frischen Nachrichten von den neuesten Verbrechen.
Ich wandere durch die letzten Straßen dieses Ortes der Feuerwermänner,
Rotary-Club Mitglieder, Polizisten, Rentner, Winkeladvokaten und
rundschullehrern,
dort bohren sich die Sonnendolche durch die Rippen der ärmlichen Holzzäune.
Ich spüre das Todesröcheln der übrigebliebenen Ochsenkarren und Dampflokomotiven.
Frieden suchend lege ich mich auf die mit Sonnenblumenorden ausgezeichnete Wiese,
und betrachte die glorreiche Brandung des Weizens
und die unendlichen Reisen der Wolken, die weinen werden um uns.

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1) Cautín: Fluß in der gleichnamigen chilenischen Provinz
2) Guacolda: Ehefrau des legendären Mapuche-Häuptling Lautaro, nach dessen Namen, die Heimatstadt des Dichters genannt